No sé si le pasará a todo el mundo, pero me he dado cuenta de que tengo momentos del día en los que pienso mejor.
Por ejemplo, a partir de la puesta de sol lo más apropiado sería que me retirara y no dedicara ni un segundo a decidir nada determinante (lo cual, en invierno, supondría muchas menos horas de sufrimiento). Y sin embargo, a primera hora de la mañana veo las cosas con mucha lucidez y tomo las decisiones más acertadas del día. Todas las dudas las suelo resolver entre las ocho y las diez; las horas en las que soy valiente.
Y decido todavía mejor si estoy “sola”, a pesar de que en el último mes y medio he descubierto que mis momentos de introspección se concentran en los viajes en autobús. Y como mis desplazamientos en el trasporte público ocupan casi dos horas diarias, empiezo a creer que pienso demasiado…Esta semana he madurado qué contarle a Paddy de Madrid, planeado el café del sábado-tarde (donde uniremos el postre con la fatídica última copa), en cómo apagar el fuego de las últimas dos semanas y en si me quemaré o no, en el frío interior que siento desde que no sé nada de mi periodista favorito y en si iré a visitarlo, en Paris y sus despachos y esta tarde mientras venía, he ido pasando desde la carrera que me he hecho en las medias y cómo disimularla, hasta el sentido del olfato…Y me quedo con esto último!
Siempre he estado un poco acomplejada con mi nariz, que desde luego no es la de una modelo (y menos desde el resbalón en Marruecos cuando estuve cuatro días como un auténtico púgil) y eso que hasta la Primera Comunión debía ser inexistente, porque recuerdo con horror las bromitas que tuve que soportar.
Y mejor que la nariz sea meramente ornamental, porque sí estoy orgullosa de mi sentido del olfato. Estoy convencida de que es el mejor sentido para el recuerdo, ninguno de los otros, salvo en cierto modo el gusto, hace revivir tan intensamente momentos pasados. Y me encanta! Lejos de toda melancolía (o melodramatismo, como diría Davit) me parece alucinante como un determinado olor puede hacer que vuelvas años y años atrás y revivas historias como si hubieran ocurrido ayer. En realidad Madrid no me gusta mucho como huele, está muy masificado, pero de vez en cuando las aceras te sorprenden. El otro día pasé por un seto que me llevó directamente a la Travessera del Pi en Cala–Romana y a 25 veranos. Un domingo llegué a la farmacia detrás de un hombre que fumaba en pipa y si hubiera cerrado los ojos, habría estado, seguro, en brazos de mi abuelo en el Tudela. Hace ya unas semanas, la colonia de un chico me llevó de golpe a un piso de la Travesía de Acella. Y así podría pasar horas y horas, porque creo que más que tener un buen sentido del olfato (aunque en gran medida sea necesario), lo que me encanta es almacenar juntos olores y recuerdos.
