Prisas y tetas
Fernando Alonso tiene una autoescuela en la que enseña a conducir a todos los autobuseros del viernes. El quinto día de la semana Madrid huye despavorida de la capital. Se levanta graciosa la falda, llenita de volantes, y se traslada a la playa a colorearse las piernas. En el intento desesperado de salir antes que la propia ciudad, los habitantes se pelean por un hueco en el autobús, justito a la hora en la que salgo de trabajar. Sin asiento para todos y sin confianza para compartirlos, encontrar un espacio donde no salir volando en cada curva resulta todo un arte. Pies, brazos y manos se entremezclan disimuladamente, sonriendo picarones en el roce con los ajenos. Encontrar las piezas corporales propias y bajar consiste en elaborar un buen plan de rescate y saltar, aún en marcha. Y en el tumulto de los calores primaverales, la incipiente escasez de ropa asomando por las solapas y las olas de asfalto, el instinto resulta, cuanto menos, incontrolable. Uno no sabe si ha sufrido un flechazo o se ha convertido en una víctima más del embrujo playero de la villa, que desaparecerá en cuanto sus pies hagan contacto con el suelo. En ese ir y venir de olas y hormonas, un buen caballero ha sufrido hoy las consecuencias del ambiente encantador. Con la vista nublada y los ojitos llenos de sal, ha perdido el equilibrio en un choque frontal con un barco de vela. Pobrecito desgraciado, que deslumbrado por el encanto de los roces, se ha enamorado de la pieza corporal más cercana y no ha podido resistir la tentación de asirse como si se le fuera la vida con ella. Cuál ha sido su sorpresa al despertar, y la mía, y comprobar que el objeto de sus deseos había resultado ser mi escote.
Prefiero pensar que han sido los duendes de la técnica. La otra posibilidad me dejaría muy triste. Pido disculpas si he molestado.