Oh capitán, mi capitán!
Aunque la intención de nuestros actos no sea la de obtener el agradecimiento ajeno, en lo más profundo, guardamos un deseo escondido por el que esperamos una señal que suponga que nos reconocen el esfuerzo: una tímida palabra, un abrazo, un beso, una sonrisa o una flor del campo nunca vienen mal. Por eso este post es una acción de gracias.
En la vida hay momento duros y nunca estamos totalmente preparados para la sorpresa. Después de un año complicado, cuando todo parecía tomar un rumbo fijo, la desagradable novedad ha vuelto a personarse con un triste regalo. Endurecida por acontecimientos precedentes la batalla pinta ardua, pero hemos tenido tiempo para reponer fuerzas. La enfermedad cuenta con el barlovento, nosotros con los dioses. Y este será nuestro estandarte. Y aunque las emociones alternantes ardan y se apaguen, en la construcción de mi baluarte tengo que dar las gracias a una conversación nocturna y a su locutor. Vía telefónica recibo, cada día, abrazos alentadores, sonrisas y coraje que no dejan que pierda la cabeza en la tristeza, que me levante armada y dispuesta a la batalla diaria. Y si el capitán general ordena, los marineros obedecen. Gracias.