Miles de momentos pasaron el sábado por mi cabeza, uno a uno desfilaban en cola. El olor de un bigote o el abrazo de una risa me teletrasportaron a mi infancia, cuando todavía llevaba trenzas con lazos rojos. Vi más de 40 tunos al pie de mi balcón, escuché la Primavera de Vivaldi al aire de bandurria, abrí los ojos desconcertada ante los abrazos de un extraño a mi madre y bailé valses y pasodobles con alpargatas.
El tiempo se confundió y cuando tocaba 12 de mayo, fue 7 de julio. Y cuando debía ser la Plaza del Castillo de Pamplona, fue Jerez en una caseta de feria. Los trajes, corbatas, tacones y claveles no fueron más que una ilusión debajo de la que se encontraban las vestimentas blanquirrojas. Y en esa sola caseta se concentraron algunos de los que dijeron ser mis novios alguna vez. Entré con las piernas temblorosas por el reencuentro y ninguno de ellos me reconoció. Con el primer grito de tú eres la hija de… los colores invadieron mis mejillas y volví a tener 8 años. Me vi de blanco, con zapatillas victoria y dejé de mirarlos de frente para hacerlo desde abajo. Recordé la infinidad de ocasiones en las que acercaron su bigote a mí y entre vapores alcohólicos me preguntaron “¿cuándo crecerás para poder ser mi novia?”. Y el mismo pensamiento en mi cabeza, inocente y asustadizo: “¡¡¡si es por eso, espero que nunca!!!”. El sábado ese miedo se calmó por fin, he crecido y puedo buscarme un novio ajeno a la cuarentuna. Empecé a mirarlos como una más y me sentí orgullosa de poder compartir un rato con el mejor corredor del encierro de todos los tiempos.
