Después de muchos meses de insistencia lo había conseguido, por fin estaba con Marie.
Con la luz apagada, tumbada en el sofá con las piernas en alto, ella hablaba con sus amigas y les contaba el viaje a Paris.
De lunes a jueves no se verían, el trabajo era su distancia, pero el mundo les esperaba el fin de semana. Elder podía llevarla a Roma, a Nápoles, a Noruega… ¿qué emoción tenía ya la ciudad?. Varias semanas después y miles de kilómetros recorridos decidieron recuperar la estabilidad de la noche madrileña, de amigos comunes y locales habituales. Ellos se verían en el último bar.
Marie preparó una cena en casa con amigas y no paró de hablar. Nadie supo que hacía Elder.
Acabaron donde siempre, entró radiante. Su alegría se podía ver a distancia. Subió a la última planta, la recorrió con la mirada, pero no había nadie allí. Emocionada sacó el móvil del bolso, no tenía llamadas perdidas, iba a mandar el tan esperado mensaje:
-“¿Dnd stas? Acbo d llgar” La respuesta no se hizo esperar: “Ultim piso, ahora bjo, cariñ”. ¿Se habría equivocado? Ella estaba allí y no le veía.
Después de una hora y miles de llamadas sin coger, Marie seguía esperando, nerviosa, con el estómago encogido y ganas de llorar… Cuando cerraron el local y salió todo el mundo, nadie sabía que había sido de él. Asustada fue a su casa, el coche estaba en la puerta. Llamó al timbre pero nadie contestó, insistió y continuó haciéndolo durante media hora en un mar de lágrimas. De repente un mensaje y un puñal: “Vete, respeta mi espacio”.