La vuelta esta vez fue más dura de lo habitual, como subir los Picos de Europa a la pata coja, una mano en la espalda y los ojos vendados. El tortazo puede ser monumental. Y así ha sido, a las ocho de la mañana, con los ojos enrojecidos, el cuerpo no respondía a los mandatos de la mente. Pero la emoción y la ilusión de mi travesía ha compensado los dolores matutinos.
Y es que viaje tras viaje he vuelto a tropezar con la misma piedra. Uno no sabe dónde la va a encontrar: detrás de una esquina esperando a sorprendernos, en unas fiestas populares, en un artículo en Internet, en un blog o simplemente una mañana, sin saber cómo, al ponerse el zapato, recuerda aquella piedra que le hizo tropezar tiempo atrás. Tampoco resulta posible vaticinar con exactitud el tamaño del tropezón. Bien puede tratarse de un resbalón con un canto rodado, de una marquita en el impacto de un guijarrillo que quedará para el recuerdo amable o del miedo terrorífico que provoca encontrarse de frente con el mismísimo Everest.
Mi tropiezo empezó de manera inconsciente después de un tremenda caída y hoy por hoy, el abismo aumenta en la ascensión mientras la adrenalina y las agujetas acompañan en el viaje.
En una tarde de recuerdos compartidos en la que uno hace memoria de tiempos pasados y se ríe de todo mal, apareció por sorpresa y de forma inocente un aerolito caído tiempo atrás. A pocos días de San Fermín, abrí en solitario el museo de piedras espaciales y jugué a pasearme danzarina alrededor de mi aerolito amarillo. Sin embargo, se cerró poco después por ausencia de público y me fui con mis bailes a otra parte. Pero la casualidad, o el destino, me llevó en agosto a un artículo en Internet: “¡Anda!, ¡pero si este es mi aerolito!”. Resultó inevitable abrir de nuevo la exposición, con visitantes incluidos, que ayudaron en la apertura y rieron con las casualidades de la vida. Hoy mi aerolito ha crecido y se ha hecho tan alto como los Picos de Europa. Ha resultado una magnífica atracción para amigos y familiares y para mí misma, que había decidido renunciar a mi faceta de escaladora. Y es que la vida guasona suele tener estas cosas, lo suyo es sorprender.
